Me propongo argumentar el razonamiento que me hace creer en la necesidad de la "obligatoriedad del voto" en los sistemas políticos democráticos.

En primer lugar debemos decir que ante esta cuestión (la obligatoriedad del voto) surge una primera respuesta (lógica y comprensible) que es la LIBERTAD de los ciudadanos para elegir entre querer votar o no. Este planteamiento es totalmente legitimo en función del libre derecho que tienen todos los individuos para elegir una u otra opción, pero dentro de esta justificación debemos dilucidar que esta libertad está dada ni más ni menos que por nuestro Derecho, es decir por nuestro ordenamiento normativo o constitucional con el que los mismo ciudadanos nos hemos dotamos en un momento determinado y que indica la NO-OBLIGATORIEDAD de acudir a las urnas en nuestra democracia.
Muy bien, en este sentido es imprescindible clarificar esta "supuesta vulneración" de la libertad de las personas si el voto se convierte en obligatorio. Para ello me dotaré de un ejemplo muy utilizado en ciencia política: "las leyes de tránsito".

Los ciudadanos de una comunidad, en un momento histórico, han decidido reglamentar el tránsito de las ciudades (con semáforos, sendas peatonales, señalizaciones, etc.) para no caer en gravísimos accidentes (choques, atropellos, atascos, etc.) Esa "decisión" fue elegida con el único fin de ordenar el tránsito para el "bien conjunto de la comunidad". Pues bien, resulta en consecuencia que una persona, mayor de edad y acostumbrada a vivir en un pueblo, cree que esta reglamentación "impuesta" por los legisladores de la comunidad restringe absolutamente su libertad de circular por las calles de la ciudad como al él le parezca. Muy enfadado va a las instituciones y presenta una queja que reclama la devolución de su derecho como persona para decidir sobre sus actos recientemente aplastados por una ley opresora de su libertad. Su insistencia logra llegar hasta el despacho de uno de los legisladores promotores de esta ley de transito con quien mantiene una breve entrevista. En ella no sólo se le ratifica su "obligación" de respetar las nuevas reglamentaciones viales, sino que se le comunica que mensualmente se le deducirá un porcentaje de su salario para el mantenimiento de dichas señalizaciones e instalaciones. Más indignado aún, este señor abandona a gritos el ayuntamiento pero no sin escuchar un último grito de aquel joven funcionario: "Pero hombre... que se trata de un impuesto para su seguridad"

Quiero rescatar de este breve episodio sólo la última frase: "impuesto a la seguridad". Esto nos indica que se ha creado un "impuesto" (que viene de "imposición... de imponer") para garantizar a la ciudadanía la seguridad en las calles. Por tanto, dicha imposición se ha convertido en una restricción de la libertad en pos de un bien común: la seguridad vial.
Como este ejemplo podríamos plantear muchos más, tanto en el mismo sentido de imposiciones legales/legislativas como sociales o convencionales (por ejemplo la norma convencional implícita en todos nosotros de que no podemos salir a la calle desnudos por la imposición social de rechazo a dicha acción) pero creo que no hace falta siempre y cuando que quede claro que los ciudadanos libres de una comunidad en variadisimas situaciones se ven obligados a "restringir su libertad" para ganar en otro ámbito: el comunitario, es decir, el de la sociedad.
Si entendemos esta relación ineludible entre "libertad/comunidad" regulado por el derecho, tendríamos que deducir que la elección hecha por nuestros sistemas políticos democráticos del "voto no obligatorio" nos señala que en dicha relación predomina la "libertad" frente a la "comunidad". Pero esta cuestión no carece de vital importancia, ya que en nuestros sistemas democráticos el componente comunitario de dicha relación pierde progresivamente su fuerza en diversos ámbitos (económico, sanitario, educacional, laboral y por su puesto político) lo cual reduce paralelamente la propia fuerza de la democracia. En otras palabras, lo privado gana, lo público pierde.
Es ahí donde se dirige mi crítica y mi aportación para replantear un debate que, creo yo, es vital para fortalecer nuestra democracia, atreviéndome también a decir que puede llegar a tal punto en donde la "no-obligación al voto" puede vulnerar los propios principios democráticos.

El voto no-obligatorio dentro de un análisis sistémico (Easton) de nuestra democracia puede conducirnos en algunas situaciones a un estancamiento o tapón de la circulación o retroalimentación (feedback) del propio sistema democrático. Vamos a suponer que en una sociedad cualquiera, en donde la inestabilidad económica y social a dado con un progresivo descreimiento de los partidos políticos hegemónicos, obtiene en las últimas elecciones los siguientes resultados:

  • Partido Verde: 40%
  • Partido Azul: 35%
  • Partido Rojo: 9%
  • Nulos: 2%
  • Blancos: 14%

PARTICIPACIÓN: 63% de los ciudadanos con derecho a voto.

Estos resultados nos muestran que ninguno de los tres partidos del sistema político se ha impuesto con rotundidad. Lo que sí nos muestra es la disconformidad de gran parte de los ciudadanos (lo que han votado y los que no han votado) en relación a las opciones que se les presenta para elegir. La sumatoria de todos ellos sería la siguiente:

  • Nulos (2% electoral): 1.2% total de los ciudadanos
  • Blancos (14% electoral): 8.4% total de los ciudadanos
  • NO Participación: 37% total de los ciudadanos

    Ciudadanos disconformes con las opciones políticas presentadas: 46.6% del TOTAL de los ciudadanos

Aquí se podría decir que la mayoría de la población no ha expresado correctamente su descreimiento en las opciones políticas partidarias que se presentaban en las elecciones; o mejor dicho que el sistema electoral (en el cual se fundamental el sistema democrático) no ha sabido establecer un canal o vía que sea capaz de recoger o cristalizar la disconformidad de gran parte del electorado para su posterior análisis. Una respuesta instantánea a esta cuestión es que son los partidos políticos los encargados de representar los intereses de quienes pretenden cambiar o reformar aspectos de nuestra organización político-social, lo cual es cierto y totalmente legítimo, aunque como bien señalan entre otros Morlino o Vallespín, la función de los partidos está en crisis como instrumento inservible de formación de determinada conciencia colectiva, tendiendo cada vez más a una partitocracia y al histórico problema de las hegemonías elitistas en los aparatos partidarios que a punto seguido desestabilizan los propios pilares democráticos que existen para el cambio o la diferencia. En propias palabras de Vallespín podemos decir también que esto refleja la distorsión en el funcionamiento de los canales de mediación entre sociedad y sistema político que afectan sobre todo al concepto de representación y están marcadas por la oligarquización y estatalización de los partidos políticos. Esta simple cuestión ya puede funcionar como argumento para salir a la búsqueda de nuevas vías de expresión popular dentro del mismo sistema electoral.

Creo necesario volver a resaltar aquí que, dentro de mi argumentación a favor de la obligatoriedad del voto, no estoy planteando una ruptura/revolución en relación a los métodos que actualmente utilizamos para elegir quienes nos gobiernan (esto implicaría un estudio más amplio aunque la presente justificación podría formar parte de este debate pendiente) sino que pretendo aportar desde la democracia instrumentos que potencien a ésta misma con el único objetivo de que lo público (la política) recupere posiciones sobre lo privado (lo económico o intereses particulares).

Es cierto que en el ejemplo anteriormente planteado también se puede afirmar que el electorado podría haber expresado con la participación al cien por cien de los ciudadanos su disconformidad con las opciones partidarias. Pero es aquí donde su propia libertad se les ha venido en contra. El libre derecho establecido por los legisladores (y votado por el pueblo) le ha permitido a gran parte de la ciudadanía el "no votar" y esto ha cerrado la posibilidad de un cambio democrático (no radical en ese caso) en el sistema, es decir, se ha taponado involuntariamente el feedback o retroalimentación.

Aquí se vuelve abrir un tema mucho más profundo y complejo que numerosos autores han tratado y tratan pero sin aún conseguir elaborar una teoría general coherente: "la participación política". Las preguntas que encabezan dicha problemática son ¿por qué ciertas personas participan en política? ¿por qué muchas otras no lo hacen? Pero para nuestra temática aquí planteada sólo nos interesa ¿por qué la gente no vota? También en esta ocasión tendríamos que abrir un nuevo paréntesis que nos permitiese iluminar dicha problemática. Sólo basta, desde mi punto de vista, retomar una reflexión de Giovanni Sartori en donde nos habla de los "subciudadanos". El politólogo italiano dice:..."estamos dando más poder a ciudadanos menos informados, menos competentes y, en realidad, menos ciudadanos". Llama "hipnociudadanos" o "subciudadanos" al tipo de ciudadanía totalmente desinformado, no interesado e increíblemente ignorante de todo lo relacionado con lo público o común con el resto de la sociedad que lo rodea. Sartori cree que para conseguir más demo-poder hay que tener más demo-competecia; y si embargo hoy hay menos demo-poder y más demo-incompetencia. Ante esta problemática básica desde una perspectiva politológica, el italiano propone posibles formas de resolución en términos de democracia deliberativa y en términos de minipopulus de Dahl.

Está claro que el ejemplo electoral inicialmente planteado es uno entre miles posibles y que no todos concordarían con la intención de demostrar que puede ser la "no-participación" en las elecciones la que vulnera el principio democrático de la mayoría. Pero si esta claro que la puerta esta abierta, sobre todo en aquellos sistemas políticos inestables en cuanto a sus instituciones como a sus sistemas de partidos, como es el caso de muchos países en Latinoamérica o como se está produciendo progresivamente en algunos sistemas políticos europeos.

La proposición de hacer el voto obligatorio tiene ni más ni menos que un objetivo: entender al voto como un impuesto del ciudadano para su democracia.
Si la comunidad a lo largo de la historia ha ido ganando derecho y libertades sociales que hoy podríamos sintetizar en la palabra "democracia", es totalmente justo que todos los individuos como parte de dicha comunidad tengan un mínimo de responsabilidad y compromiso para mantenerla. El voto en las elecciones cada 4 o 6 años (fundamento en el que permanentemente se apoyan los gobiernos para respaldar todas sus decisiones políticas, sean o no favorables para la opinión pública) debe ser un momento en donde todo ciudadano tenga el "deber" de mirar más allá de sus vínculos privados y pensar en clave de lo público, ya que esta decisión será la que en el futuro dirija y establezca no sólo todo aquello que compete a su comunidad, sino también la que, quizás, pueda entrar en su ámbito privado y regular (restringir su libertad) en determinadas materias.

Esta reflexión me lleva a entender al sufragio universal y obligatorio como un derecho y un deber que todo sistema democrático tiene que establecer en pos de su buen funcionamiento y en consonancia con sus principios, además de su sostenibilidad y adaptabilidad en el tiempo.

Ahora bien, esta argumentación podría ser analizada y comprendida desde dos posturas: una en clave negativa en pos de la estabilidad de los sistemas políticos tanto en sus instituciones como en su sistema de partidos; y otra en clave positiva entendiendo al desarrollo de nuestras sociedades como un resultado de crítica y cambio.

  1. La primera de estas visiones pone por delante la conservación de las "reglas de juego", lo cual nos permite mantener una situación de tranquilidad social y política para el progresivo desarrollo de la comunidad. Dicha aspecto es bastante valioso en sociedades complejas como las que tenemos una vez explotada la revolución industrial. Pero la obsesiva necesidad de estabilidad política e institucional de nuestras democracias no debe cerrar, desde mi punto de vista, las puertas a posibles cambios, hasta tal punto de llegar a poner en riesgo los propios principios democráticos. La sosegada intención y necesidad de mantener ciertas cosas pueden volverse en contra de las propias bases que nos sostienen en pie. En este sentido, estoy convencido, que el "voto no obligatorio" entendido como una libertad es perjudicial para el progresivo desenvolvimiento de las libertades fundamentales de los ciudadanos en su relación con la comunidad, solamente con el objetivo de convertirlo en instrumento de conservación prolongada en el tiempo de las normas que nosotros mismos nos hemos dado en un preciso momento y en particulares condiciones, que sin duda se han movido y se mueven con el tiempo.
  2. Por otro lado, la segunda visión, critica y progresiva de la realidad, pretende desde mi punto de vista darle un impulso de dinamismo político y social a los sistemas políticas democráticos. No se debe entender esta postura como instrumento de ruptura (aunque podría llegar a serlo), sino como un aceite que lubrica la maquinaria democrática, dándole así un mejor y mayor movimiento que den a la vez coherencia a sus propios principios: entre ellos "la libre elección de los ciudadanos de elegir quién y cómo los gobierna" más allá del tiempo y del espacio.
    La crítica y el replanteamiento de ciertas normas pueden potenciar nuestros fundamentos democráticos llevándonos hasta tal punto de superar antiguos paradigmas y concepciones perjudicialmente anquilosadas en nuestros ordenamientos jurídicos y políticos. La obligatoriedad del voto no debe analizarse desde el punto de vista de la obligatoriedad, sino desde el compromiso ineludible de cada uno de los ciudadanos para con su comunidad. Simplemente se trata de introducir un elemento más que acerque el interés de la política a las personas, respetando su esfera privada y sus intereses naturales, pero sin olvidar aquello que les es innato: lo público.

Notas
  • Participación: Más referencias: en EE.UU vota el 58%, en Noruega el 79%, en Francia el 78% y en España el 65%. Volver al texto
  • La idea del minipopulus se contiene en el libro de Dahl La democracia y sus críticos (pp. 408-409). Su propósito consiste en crear diversos grupos o instituciones representativas paralelas al Parlamento, integradas cada uno por mil ciudadanos escogidos al azar, a los que se encomendaría el estudio y la deliberación - por medio de las telecomunicaciones- sobre un tema particular. Al cabo de un año darían a conocer su veredicto, que se entiende como una expresión de la voluntad del propio demos al que representa. Sería algo así como la manifestación de la voluntad popular, una vez asesorada por estudiosos y especialistas, sobre los puntos fundamentales del tema objeto de su deliberación y decisión. Aunque no suple al Parlamento, sí contribuiría a acercar los problemas políticos fundamentales a la ciudadanía.
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  • Opinión pública: Actualmente en España tenemos algunos ejemplos bastante claros como el Plan Hidrológico Nacional (PHN), La Ley de Universidades (LOU) o las responsabilidades políticas en el conocido "Caso Gescartera" entre otros. Volver al texto

  • Lo público: Los griegos llamaban idiota a aquellos ciudadanos de la polis que no se interesaban por lo público. Volver al texto

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Coordinadora Estatal para la Reforma de la Ley Electoral en España
Actualizada : Sábado, 12 Abril, 2003 15:48

Reflexiones sobre el voto obligatorio y
su vinculación con la pérdida de lo público
frente a lo privado

Sebastian Lavezzolo 10-Feb-2003